martes, 3 de noviembre de 2009

VIGILAR Y CASTIGAR

“Las Luces, que han descubierto las libertades, inventaron también las disciplinas”

La modernidad es una bisagra que demarca un antes y un después. Vimos la Razón es el nuevo fundamento, y ocupa ahora el lugar del Absoluto que dejó Dios. La categoría de sujeto aparece con fuerza en la filosofía del conocimiento, pero también la de individuo como titular de derechos, dado que es también la época de la constitución de los Estados Nación. Nuestro epígrafe pertenece a Michel Foucault. El filósofo destaca el pasaje de un poder de soberanía –negativo, de prohibición- cuyo lema del Rey es “hacer morir o dejar vivir” a un poder positivo, un anátomo-poder que surge en las sociedades disciplinarias a partir del siglo XVIII, cuyo lema es “hacer vivir o dejar morir”. La pauta es clara: es un poder que quiere hacer que los hombres vivan más, optimizando sus fuerzas para el trabajo. Se trata de la misma sociedad capitalista burguesa que Marx denuncia en relación a la enajenación del trabajo.

Foucault, contrariamente a las teorías políticas clásicas, como el contractualismo, que explican el surgimiento de las sociedades mediante la reunión de individuos aislados, sostiene que el individuo es fabricado por las sociedades. El esquema sería el siguiente: las prácticas sociales generan dominios de saber que a su vez producen objetos, conceptos, técnicas, valores que constituyen a los nuevos sujetos. O para decirlo de otro modo, es el poder que da origen a una verdad, que a su vez constituye determinados sujetos. Atendiendo el poder disciplinario en función de la sociedad capitalista -a diferencia de un poder de soberanía restrictivo, de prohibición- con la aparición del orden burgués y del capitalismo, el ejercicio del poder se vuelve positivo, productor. Los obreros comienzan a ser “recursos” que tienen que optimizarse para el provecho de ese orden. Así, a partir de relaciones de poder vinculadas a aspectos políticos y económicos, surgen nuevos problemas como la natalidad, la longevidad y la morbilidad, que son los problemas que se presentan para ese estado de cosas, lo que dará lugar a ámbitos de saber como la demografía y la medicina, que pasa a ocuparse de la higiene pública (control de endemias y pandemias, por ejemplo). Estos saberes optimizarán el estado de vida y maximizará las fuerzas de los sujetos a nivel de masa.

Foucault destaca que la burguesía se constituyó en la clase política dominante en el curso del siglo XVIII detrás de la instalación de un marco jurídico explícito y formalmente igualitario. Bajo la forma jurídica general que garantizaba un sistema de derechos en principio igualitarios, estaban en forma subyacente, esos mecanismo cotidianos y físicos inigualitarios y disimétricos que constituyen las disciplinas. De allí nuestro epígrafe. Las disciplinas han constiuido el subsuelo de las libertades formales y jurídicas. Para decirlo de otro modo, y tomando a nuestro conocido Marx, el individuo surge como titular de derechos al tiempo que como trabajador enajenado.

“La disciplina `fabrica´ individuos”


N. ANDRY. La ortopedia o el arte de prevenir y de corregir en los niños las deformidades corporales, 1749.
 
El poder disciplinario tiene como función principal “enderezar conductas”. La vigilancia se vuelve el juego de las miradas, miradas que deben ver sin ser vistas. El poder no es algo que se tenga (como en el caso del rey, en el cual el poder era dado por Dios y se heredaba de padres a hijos) sino algo que se ejerce. La disciplina es este poder múltiple, automático y anónimo, que funciona como una maquinara y se reproduce. Uno de los principales dispositivos de este poder es el castigo, que no consiste en sino en corregir las desviaciones, mediante el ejercicio, es decir que el castigo es isomorfo a la obligación misma (un ejemplo de ello pueden ser aquellos castigos escolares que mandan al niño a “pensar” o les dan “tareas para la casa”, en los cuales el aprendizaje queda asociado al castigo). Se trata de un microsistema de penalidad que funciona en todas las instituciones, en el taller, en la escuela, en el ejército, cuyo fin es que todos se asemejen. La penalidad perfecta –según Foucault- que atraviesa todos los puntos y controla todos los instantes de las instituciones disciplinarias, compara, diferencia, jerarquiza, homogeiniza, excluye. En una palabra, normaliza.


La anatomía política que se introduce a fines del siglo XVIII, explicada en Vigilar y castigar, muestra cómo se produce un desplazamiento en relación a la forma gubernamental de la soberanía, fundada en la obediencia de la ley, hacia prácticas disciplinarias que tienen un papel positivo (en la medida en que son productoras de individuos, incrementando su utilidad) y ya no negativo (el poder represivo, de la prohibición). La distinción entre lo normal y lo patológico, de acuerdo con el registro de vigilancia permanente del cuerpo social, se convierte en el producto mismo de las sociedades disciplinarias cuyo sentido ya no es expresado por la ley, sino por la norma que jerarquiza a los individuos y descalifica aquellos que no son susceptibles en un primer momento de ser normalizados, para corregirlos. En síntesis, para Foucault, la invención de la normalidad se da en ese registro disciplinario, y las ciencias humanas se originan en esa necesidad de jerarquizar y clasificar a los individuos. Ellas son las que trazan la distinción entre la personalidad normal y la patológica.

“Para Foucault, entonces, estudiar “la transformación de un ser humano en sujeto” es interesarse en el sentido que las ciencias humanas atribuyen al alma en cuanto efecto exigido por las relaciones de poder. (…) Y por ello Foucault puede invertir la fórmula de Platón para decir que el alma es la “prisión del cuerpo”. La función del sujeto se obtiene de manera definitiva a través de la construcción disciplinaria del alma, que consuma el proceso de sujeción ya producido por la marcación disciplinaria del cuerpo” (LE BLANC, 2008: 153).

El examen combina las técnicas de la jerarquía que vigila y la sanción que normaliza. Y la escuela pasa a ser una especie de aparato de examen ininterrumpido que acompaña la operación de la enseñanza. Mediante la evaluación no sólo se garantiza el aprendizaje del alumno (podemos poner esto entre comillas, claro), sino que otorga un saber al maestro acerca de cada individuo que permite la comparación, clasificación y hasta exclusión de cada uno.

“La mirada está por doquier”


La vigilancia se apoya en un sistema de registro permanente. El Panóptico de Bentham es la figura arquitectónica de esta composición. El dispositivo panóptico dispone de unidades espaciales que permiten ver sin cesar, sin ser vistos. Se trata de una construcción circular, en cuyo centro se encuentra una torre con anchas ventanas. La construcción periférica está dividida por celdas. Basta situar en la torre central un vigilante y encerrar en cada celda a un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un escolar. “Es visto, pero él no ve; objeto de una información, jamás sujeto de comunicación”. En el panóptico el individuo se vuelve alguien a ser permanentemente vigilado por una mirada que no podemos ver. El esquema panóptico está destinado a difundirse en el cuerpo social, su vocación es convertirse él en una función generalizada. A esto llamamos panoptismo: un sujeto que deja de ser un sujeto de comunicación, un sujeto de reconocimiento porque se vuelve un objeto de la información.


En una pregunta de Foucault, que es la nuestra también: “¿Puede extrañar que la prisión se asemeje a las fábricas, a las escuelas, a los cuarteles, a los hospitales, los cuales, a su vez, se asemejan a las prisiones?”


Los cuatro sistemas de exclusión
(En: "La locura y la sociedad")
 


El Bosco, La piedra de la locura

“La hermosa totalidad del individuo no está amputada, reprimida, alterada por nuestro orden social, sino que el individuo se halla en él cuidadosamente fabricado, de acuerdo con toda una táctica de las fuerzas y de los cuerpos”.

El loco es un ejemplo de ello. El loco pertenece a un cuádruple sistema de exclusión: el sistema de producción, la familia, la palabra y el juego, tanto en las sociedades medievales como en las nuestras. Con este argumento desmiente Foucault que la salida de los centros de internamiento que produjeron Pincel y Tuke a finales del siglo XVIII haya cambiado radicalmente el estatuto de la locura. La categoría de enfermo mental, así como los hospitales psiquiátricos como centros “sanadores”, surgen a partir de esta liberación de centros de internamiento que funcionaban recluyendo lo execrable de una sociedad, locos, prostitutas, criminales. La liberación se da por motivos económico-políticos de la sociedad burguesa: se necesita una enorme masa de gente que trabaje.

Los locos, a partir del siglo XVIII, los enfermos mentales, son fundamentalmente aquellos que no pueden trabajar. Pero también son aquellos incapaces de reproducir la sociedad, adaptándose a las reglas de la moral familiar burguesa. Son aquellos que son objeto de exclusión en relación con ls reglas del dicurso. En la edad Media, el loco gozaba de cierto estatus singular. El bufón era el que podía decir a las gentes sus verdades, era el encargado de decir aquello que nadie se atrevía a decir. De algún modo, era la institucionalización de la palabra loca. En el caso del loco como enfermo mental, su palabra está totalmente desacreditada. De la misma manera que tampoco puede participar de las fiestas, puesto que en nuestras sociedades el sentido de la fiesta ha desaparecido. Foucault quiere destacar que en la Edad Media eran perfectamente tolerantes en relación al fenómeno de la locura. Que es nuestra sociedad la que se ha vuelto profundamente intolerante respecto de ella. El comienzo del siglo XVIII es, en Europa, el principio de organización social, política y estatal de las sociedades capitalistas. La obligación del trabajo es requerida para todo el mundo. Queda excluida así del sistema económico y social toda una masa de individuos irreductibles a la normalidad del trabajo. Así, el enfermo mental no es la verdad por fin descubierta del fenómeno de la locura, es un avatar propiamente capitalista en la historia etnológica del loco.

“El loco es la verdad irresponsable” dice Foucault. Nosotros conocemos el refrán: “los niños y los locos dicen la verdad”. ¿No será esa verdad la resistencia a la normalización, la resistencia a la homogenización, la resistencia a convertirse en un trabajador enajenado?

[Como ejemplo de La constitución del sujeto enfermo, cliqueen aquí y podrán ver una nota del diario Los Andes de Mendoza]

3 comentarios:

  1. Soy una Intrusa en el blog,yo estudio Psicología en la Universidad de Aconcagua y ayer nos dijo que podíamos mirar un poco sobre Marx, pero me atrajo más la idea de leer un poco sobre Foucault, la verdad es muy interesante.
    gracias por la información.

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  2. estudio psicologia en la facultad del aconcagua y me parece muy interesante lo que escribe Silvina, es una excelente profesora y se nota que ama lo que hace.es imposible no entender sus explicaciones. besos

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  3. Genia, usted ha salvado nuestras vidas con sus blogs, hasta nos gusta la filosofia. Gracias

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