domingo, 8 de noviembre de 2009

La pregunta por la infancia


Foto: P. Moska

Luego de recorrer un camino en el que se transita a través de la pregunta qué es la filosofía, de qué se ocupa la filosofía, cuál es su tarea, y comprender que se trata ante todo de problematizar, antes que responder, de un pensamiento transformador, de una práctica; luego de pasar por parajes en los que la pregunta por el hombre se volvió fundamental, especialmente con el advenimiento de la modernidad y la aparición del “individuo” como concepto central, a partir de l caracterización de los derechos inalienables; luego de atisbar que la modernidad no sólo comporta la emancipación racional, la libertad y la igualdad, sino también el encubrimiento del Otro, las inigualdades, la alienación, las sujeciones; luego de comprender que la pregunta por el hombre tiene un alto grado de problematicidad: cuando el hombre deja de ser un tema de la filosofía y se vuelve un problema; nos animaremos ahora a pensar en nuestra futura práctica docente. De alguna manera intentaremos comprender por qué una Antropología Filosófica en una carrera docente. El hombre se vuelve un problema para la filosofía y para la antropología en la medida en que se postula como objeto de conocimiento para sí mismo, lo cual a veces puede llevar, como vimos, al encubrimiento del Otro en lo mismo (Dussel). El hombre, cuando pregunta por sí mismo, se vuelve sujeto y a la vez objeto de conocimiento. La problematicidad de esta cuestión estriba en la posibilidad de un olvido en cuanto el hombre es también un sujeto de reconocimiento, y no sólo un objeto de conocimiento para sí mismo (Morey). Si olvidamos la dimensión del reconocimiento, podemos caer en una cosificación del otro –del niño, del alumno, de quien tenemos enfrente-. En muchas disciplinas científicas, que fueron atravesadas por el positivismo, este olvido del sujeto de reconocimiento se nos hace patente mediante expresiones cotidianas como “esta tarde opero un hígado” o “la 404 entró en crisis anoche”. Ser sujeto de reconocimiento implica, no sólo reconocer intelectualmente que quien tenemos enfrente es alguien como nosotros, -ese punto en el cual la diferencia que es el otro también nos espeja-, sino poder establecer una relación. La educación tiene que ver con las relaciones. Con la experiencia, y no sólo con las expectativas de logro. En este sentido es que desde la educación se hace importante pensar en el niño no sólo como el sujeto de conocimiento, que se erige en la modernidad, –al que vamos a enseñarle lo que no conoce-, sino también como el sujeto de experiencia, capaz de ser atravesado por lo que le pasa, y hacer de ello un aprendizaje. Se trata, en suma, de establecer un vínculo con la enseñanza-aprendizaje del niño, desde una mirada filosófica que contribuya a pensar en la educación, para la cual lo importante no es la verdad que los niños pueden repetir, sino la relación que mantienen con ella (desde la mirada foucaulteana acerca de problematizar lo que sabemos).


Como futuros docentes, la problematicidad de la pregunta por el hombre, se vuelve la pregunta por el niño, la pregunta por la infancia, en la medida en que se desplaza la cuestión señalada acerca del no olvido del sujeto de reconocimiento. ¿Qué es para cada uno de nosotros la EDUCACIÓN? ¿Y la INFANCIA?

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