lunes, 19 de octubre de 2009

Sobre la igualdad y la diferencia

En el texto de Heler encontramos que la conceptualización en la modernidad de una igualdad política, que enarboló banderas en la Revolución Francesa, dio lugar al reconocimiento de lo que hoy llamamos derechos civiles y políticos, los derechos de primera generación. El problema que señala Heler es que esta igualdad de derechos abre la posibilidad de justificar desigualdades económicas. Iremos un poco más allá de lo económico.

Cuando hablamos de igualdad, hay dos conceptos que pueden oponérsele. La desigualdad, desde un punto de vista político y socio-económico. Y la diferencia, desde una perspectiva ontológica. En una comunidad de argumentación, tal como Dussel señala respecto de Bartolomé de las Casas, lo importante es que haya una igualdad política (que todos podamos participar y expresarnos en igualdad de condiciones, en fin que nuestra palabra sea tan válida como la de cualquiera), pero sin olvidar que haya también una diferencia ontológica (es decir, que cada uno de nosotros no es cualquiera, que cada uno es diferente: piensa diferente, siente diferente, cree en lo que cree). De lo contrario caemos en lo que hoy llamamos "discriminación": tratar igual al que es diferente, o tratar diferente al que es igual.

Queremos preguntarnos: ¿qué hay cuando la igualdad de oportunidades se transforma en la igualdad a toda costa? ¿Cuándo la igualdad de derechos se desplaza a la homogeneización, a la homologación?  La escuela, como dispositivo de poder estatal, en pos de garantizar a todos la educación como derecho, también ejerce la igualdad en sus prácticas cotidianas, pedagógicas, anulando la diferencia, la singularidad. También, de algún modo, puede instrumentalizar al ser humano, al niño, cosificarlo, olvidarlo como sujeto de reconocimiento. Analicemos las siguientes imágenes del pedagogo Francesco Tonucci:






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