viernes, 23 de octubre de 2009

Fin de semana: El sujeto del reconocimiento

Xul Solar

Dijimos con anterioridad que nos interesa la antropología no tanto como saber acerca del hombre, sino en relación a la problematicidad que introduce un pensar acerca del hombre, desde el hombre. Porque éste es un sujeto de reconocimiento, además de ser objeto de estudios de las ciencias humanas que, en última instancia, terminan configurándolo a partir de parámetros de normalidad (Foucault), devaluando la humanidad con la plusvaluación de los objetos que el hombre produce (Marx), a veces llegando a ser más importante lo que tenemos que lo que somos. Ser sujeto de reconocimiento quiere decir que el hombre puede reconocerse a sí mismo en su propia humanidad y se pone a sí mismo como valioso (Roig). El sujeto de reconocimiento, también lo dijimos antes, no puede y no debe reducirse a un saber acerca del hombre. El Otro no es meramente lo que sé de él, su nombre, su casa, su legajo, su historia clínica. El Otro no puede reducirse a un saber pedagógico, psiquiátrico, policial. Para no reducir el Otro a lo Mismo, no encubrir la dominación que siempre está detrás de las ciencias, es preciso mantener el Otro en su diferencia. Relacionarnos. Escucharnos. Tener experiencia del Otro: dar encuentro a esa diferencia que somos.

Para pensar en esto, dos fragmentos: Maurice Blanchot, y Miguel Morey.


“Tenemos que renunciar a conocer a aquellos a quienes nos liga algo esencial; quiero decir que tenemos que acogerlos en la relación con lo desconocido en donde ellos a su vez nos acogen también, en nuestra lejanía. La amistad, esta relación sin dependencia, sin episodio, y en donde entra sin embargo toda la simplicidad de la vida, pasa por el reconocimiento de la extrañeza común que no nos permite hablar de nuestros amigos, sino tan sólo hablarles, no hacer de ellos un tema de conversación (o de artículos), sino el juego del entendimiento en el que, al hablarnos, aquéllos reservan, incluso en la mayor familiaridad, la distancia infinita, esta separación fundamental a partir de la cual aquello que separa se convierte en relación. Aquí la discreción no está en el simple rechazo a hacer confidencias (lo cual verdaderamente sería muy grosero, y ya el hecho mismo de pensar en eso), sino que es el intervalo, el puro intervalo que, de mí a ese otro que es un amigo, mide todo lo que hay entre nosotros, la interrupción de ser que no me autoriza jamás a disponer de él, ni de mi saber de él (aunque sea para alabarlo) y que, lejos de impedir toda comunicación, nos pone en relación al uno con el otro en la diferencia y a veces en el silencio de la palabra”.

Maurice Blanchot, L’Amitié, Gallimard, París, 1971.


"Más bien parece que, históricamente, esta aspiración a saber acerca del ser del hombre es segunda, posterior, con respecto a la aspiración a un saber acaezca de lo que hay que nos permita realizarnos como hombres, y no en el seno de un discurso, sino en la práctica vivencial y ético política… Como si interrogarnos por el ser del hombre fuera el resultado de que todas nuestras interrogaciones por lo que (nos) pasa (entendiendo tal cuestión como la filosóficamente originaria, en tanto que forma primera de expresión de ese asombro que es padre del pensar) confluyeran en un punto que condicionaría toda respuesta posible, toda determinación de ese pasar de lo que nos pasa: lo que nos pasa es que somos hombres; lo que nos pasa, nos pasa porque somos hombres. Es entonces cuando la pregunta por el ser del hombre no sólo se carga de un sentido inédito, convirtiéndose en cuestión central para el filosofar, sino que se pone ante nosotros con una urgencia acuciante, desconocida en el seno de otras culturas".

Miguel Morey, El hombre como argumento, México, Siglo XXI, 1968.

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